Había una vez un Perú

Lourdes Calderón
Abogada y Entrometida

Había una vez un país llamado Perú donde sus habitantes no leían, y cuando agarraban un periódico, era para ver a las calatas de las portadas o las fotos de los goles de unos tales Farfán, Guerrero y Loco Vargas. A veces, se atrevían a leer las noticias de la farándula porque había una chiquilla llamada Yahaira, que cantaba bien bonito, que estaba bien buena y le había sacado la vuelta a uno de esos que metían los goles. Era un país donde a los niños se les caían sus libros porque estaban acostumbrados a agarrar Iphone; los jóvenes no sabían qué era una biblioteca y solo dividían usando el celular. Era un país calabaza e ignorante.

Llegó a ser tan pero tan ignorante, que tildaba de imbéciles a los que defendían sus derechos y de candelejones a los que respetaban la cola o no se comían la luz roja. En ese país, decir la verdad lo convertía a uno en paria. Era el país de los vivos, de las coimas, de los delincuentes vestidos de santos. Un país donde los adictos, mitómanos, ladrones y asesinos se convertían en presidentes y donde al pueblo no le interesaba que le robaran si hacían obra. Un país donde los cardenales ayudaban a los genocidas y ofendían a las mujeres. Un país donde los jueces y los fiscales dejaban libres a los violadores y a los narcotraficantes, donde los abogados defendían la corrupción y la alentaban, los médicos lucraban con el dolor de sus pacientes, y los ingenieros se llenaban los bolsillos de plata porque todo era un negociazo. Un país donde cumplir la ley era sinónimo de idiotismo y las promesas, de debilidad. Era un país donde convenía embrutecer más al pueblo con programas reality, titulares sensacionalistas, y timarlo fácilmente con reportajes comprados.

Un día, el Perú fue sacudido por un cataclismo que lo rajó desde sus cimientos. Odebrecht le llamaron. De las grietas del suelo, salían arrastrándose borrachos, ladrones, mitómanos, genocidas, jueces y abogados, ex primeras damas y hasta un comandante. Grandes estudios de abogados sucumbieron. Todo se vino abajo. La televisión y la radio no funcionaban. Los diarios no salían, porque los periodistas estaban apresados bajo los muros de una corrupción que ayudaron a cimentar. De los escombros emanaba un olor a amoníaco inconfundible y los que se libraban de ellos estaban impregnados de ese hedor propio de la mierda, insoportable.

Entonces, la gente no pudo resistir más la pestilencia y vomitó tanto, que botó un cuajo de rabia e indignación mezclado con frustración y culpa. Un cuajo guardado por más de treinta años. Fue tan profunda la limpia, que la gente se curó y se dio cuenta que todo lo había estado haciendo mal, que un poco de bueno no borra lo malo, que la honestidad no tiene escalas, que un niño con un libro es libre, que reclamar por lo justo es un deber, que respetar a los demás es una obligación. El Perú se dio cuenta que había vivido estúpidamente por tolerante, por cobarde, por hipócrita, por convenido, por cojudo, por ignorante.

Y así, lenta y dolorosamente, el Perú se reconstruyó. Se hizo de una moral. Las opiniones que antes eran objeto de burla por ridículas e ilusorias, eran escuchadas con respeto y atención. Los más jóvenes salieron a las calles a exigir un nuevo sistema. Desde el día del terremoto, las cosas nunca más fueron igual, la gente empezó a interesarse más por aprender, por no dejarse engañar, por no caer en la comodina posición de quedarse callada para no hacerse problemas. La gente comenzó a leer, y como no hubo televisión ni periódicos, ni celulares, se reunía en las bibliotecas o en los parques para leer un libro. Así, poco a poco, las personas se dieron cuenta de lo importante y empezaron a creer en ellas, a sentirse tan o más importantes que los presidentes que las engañaron, que los cardenales que las ofendieron, que los jueces que las estafaron, que los genocidas que las mataron y empezó una nueva era en la que el Perú se empezó a querer.

Y ese día, ese mismo día del terremoto, el Perú se salvó del infierno. El Perú se salvó de la mediocridad y de la ignorancia, y aunque tuvo que exculpar sus faltas con años de convalecencia, terminó prometiéndose a sí mismo que nunca más habría una limpia, que nunca más vomitaría frustración, que nunca más se traicionaría, porque si lo hacía otra vez, se jodía… y para siempre.

 LC.